¡Hola don Pepito!, gritan alegremente desde la bancada de Coalición Canaria en el Cabildo Insular de Tenerife, con Ricardo Melchior como voz más destacada. ¡Hola don José!, responden entusiastas desde las zonas donde se ubican los consejeros del PP y del PSOE. ¿Insultó a Gran Canaria?, preguntan a coro los chicos y las chicas de Melchior, sabiendo perfectamente ya la respuesta: ¡A Gran Canaria yo insulté!, cantan entre risas socialistas y populares. ¿Defendió usted a Zerolo?, replican los aticos. ¡A Zerolo defendí!, remata la presunta oposición, esta sí que es de verdad sólo presunta desde hace más de una década.
Algo así, pero con más formalismo, sucedió la pasada semana en el Cabildo Insular de Tenerife. CC, agradecida y mucho, con los servicios prestados durante años, solicitó que la Corporación insular propusiera a José Rodríguez, editor del periódico El Día, a los Premios Canarias 2007, en su modalidad de Comunicación.
Hasta ahí todo lógico. Cuando hay una carajera en Tenerife, con varias investigaciones por corrupción en marcha (Fórum y Las Teresitas), El Día provoca un apagón informativo o simplemente desinforma abiertamente y afirma, sin que sus responsables se pongan colorados, que “Gran Canaria apesta a corrupción”; su periodístico olfato no parece funcionar en las distancias cortas. Cuando estamos ante el peor Gobierno de la historia de Canarias, el periódico de cabecera de ATI aplaude la labor del presidente Adán Martín y la de sus consejeros más radicalmente insularistas. Y, dejándose de sutilidades, el rotativo últimamente ya pide el voto para la formación de Paulino Rivero como única manera de salvar Canarias, que entiende como seis satélites orbitando alrededor de una isla central y hegemónica.
Resulta menos lógico, al menos inicialmente, que el PP y el PSOE se sumen a tan singular propuesta. Menos lógico sólo si no se conocen las dinámicas políticas y sociales de Tenerife. La mayoría de los ayuntamientos de la isla han otorgado medallas y reconocimientos varios al editorialista por unanimidad de sus ediles. En el Cabildo y en el Ayuntamiento de Santa Cruz en varios períodos no ha existido la oposición, abducida por completo por el poder atico.
Recuérdese, al respecto, que la operación de Las Teresitas contó con el apoyo de los concejales socialistas santacruceros, posteriormente expulsados del partido por el entonces secretario insular, Santiago Pérez, un tipo decente donde los haya, sometido al linchamiento de periodistas y medios afines al régimen de ATI, así como por parte de miembros de su propio partido, alcaldes incluidos, más cercanos al consejo de administración del insularismo que a la menor veleidad socialista.
El tiempo ha terminado por darle la razón a Santiago Pérez, mal que les pese a sus múltiples enemigos. El PP tinerfeño, por su parte, se ha limitado históricamente a ser el furgón de cola, el apéndice servil de ATI, con quien comparte electorado y, seguramente, intereses, cosa de lo que no son ajenos algunos sectores del PSOE.
Ahora, juntos y no se sabe si revueltos, han decidido por unanimidad que don José opte al Premio Canarias de Comunicación. El mismo don José que denigra, un día sí y otro también, a los grancanarios. El mismo cuyos editoriales suponen un grave insulto a la inteligencia de todos los canarios, sean de la isla que sean. El mismo que avergüenza a la mayoría de los tinerfeños. El mismo que actúa como lanzadera del pleito insular y de boicoteador permanente de la unidad de Canarias. El mismo que jalea a los movimientos racistas y xenófobos.
De Coalición, en Tenerife, en Lanzarote, en La Palma o en Gran Canaria, no hay nada que aguardar. Son lo que son y encima, con la que está cayendo, van a peor. Pero del PSOE y del PP cabría que esperar una pública disculpa a todos los hombres y mujeres de Canarias, a esa inmensa mayoría que cree en esta Comunidad y en un proyecto común, por una de las decisiones más irresponsables que se recuerdan. No lo van a hacer, se admiten apuestas.
¡Eran dos tipos requetefinos, eran dos tipos medio chiflados, eran dos tipos casi divinos, eran dos tipos disparatados!, entonan los consejeros mientras apoyan, por aclamación, la candidatura de José Rodríguez al Premio Canarias de Comunicación. ¡Adiós don Pepito! ¡Adiós don José!, acaban la musical faena los cabildicios coros. Los payasos de la tele eran mucho más serios y respetables.
sábado, 15 de diciembre de 2007
¡Hola Don Pepito!
sábado, 8 de diciembre de 2007
Silvio, nuestro Bob Dylan
Asistí al concierto de Silvio Rodríguez en Telde, uno de los últimos de la actual gira que puede constituir su despedida de los escenarios tras más de cuatro décadas de fructífera carrera musical. Rememoré la primera vez que lo vi y escuché, junto a Pablo Milanés, en el teatro Pérez Galdós, en el año 1977, hace treinta años, cuando Canarias y España se encontraban en los primeros pasos de una transición que alimentaba grandes esperanzas de cambio, aunque aún se soportaban los coletazos criminales y las resistencias del régimen franquista.
A pesar de algunos fallos organizativos e incomodidades, su actuación del viernes 9 en Gran Canaria alcanzó muy buen nivel, con un excelente grupo de esa inagotable cantera instrumental cubana, en el que sobresalió Niurka González (flauta y clarinete). Y con un cantautor al que se le podía escuchar con nitidez su voz, que no es la de hace tres décadas, pero que ha sabido conservar en muy buenas condiciones.
Tuve la oportunidad de entrevistar a Silvio en La Habana en el verano de 1992, cuando Cuba sufría las consecuencias del derrumbe de la Unión Soviética, en medio del período especial y el completo aislamiento de un país cercado y a pocas millas del gendarme del universo. Y cuando, una vez más, y como señala Eduardo Galeano en su libro Fútbol, a Sol y Sombra, “fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente caída de Fidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de horas”.
En aquella ocasión, el cantante de San Antonio de los Baños se mostraba confiado en que la Revolución sabría superarse y buscar su lugar en el mundo tras la desaparición del socialismo real, que resultó ser poco de lo otro y casi nada de lo uno. Y no renunciaba a seguir trabajando por unas sociedades más igualitarias y más a la medida de los seres humanos.
“Tengo pruebas de que la gente sigue respondiendo a la solidaridad, sigue respondiendo a los principios, de que no todo el mundo está mercantilizado… Es un milagro maravilloso, es la condición humana que se rebela por más que la sociedad se haya retorcido, que los sistemas hayan retorcido el carácter del hombre, por debajo de todo eso está la condición humana luchando para salir”, me aseguraba, mientras compartíamos una botella de ron ‘paticruzao’, en la entrevista realizada una tarde habanera de septiembre, y que luego se publicaría en el primer número de la revista Disenso.
Dice Mario Benedetti que “Silvio es un poeta que canta, y más aun, es uno de los poetas más talentosos de su generación”. Comparto esa visión de don Mario y no tengo la menor duda de que Silvio es uno de los cantautores más brillantes en español, comparable en su relevancia y en su influencia sobre otros autores, y en la calidad de su producción literaria, con el laureado Bob Dylan.
Por eso, creo que la fructífera trayectoria del autor de Unicornio, Te doy una canción, Óleo de mujer con sobrero, El papalote, La maza, El sol no da beber, Ángel para un final, La era está pariendo un corazón, Escaramujo, Canción del elegido o Como esperando a abril, merece, ni más ni menos que Robert Allen Zimmerman, el reconocimiento del Príncipe de Asturias de las Letras.
Silvio Rodríguez es, sin duda, nuestro Dylan.
miércoles, 15 de marzo de 2006
Los teletubbies y los fundamentalistas
La noticia recogida estos días por los medios de comunicación no tiene el menor desperdicio: la oficina del defensor del menor de Polonia investigará si los teletubbies “fomentan comportamientos homosexuales”. Dipsy, Laa-laa, Poo y Tinky Winky se la juegan y podrán terminar siendo censurados si se confirman las sospechas de estos integristas occidentales católicos, apostólicos y polacos.
Durante años, mientras mis hijos fueron pequeños vi con ellos muchas veces los teletubbies, tiernos y juguetones personajes alejados de la violencia tan presente en las programaciones para niños. Y, seguramente porque mi mente es menos perversa que la de los inquisidores polacos, no se me ocurrió plantearme si promocionaban la homosexualidad, la monogamia, la castidad o la vida placentera y sin trabajo.
Serán sesudos psicólogos polacos los encargados de analizar si los teletubbies salieron clandestinamente del ropero y están aprovechando el infantil espacio para ganar adeptos hacia su orientación sexual. El más sospechoso es Tinky Winky, que usa un bolso de mujer y que podría ser eliminado, al modo y manera en que la Unión Soviética borraba de las fotos a los purgados por el régimen estalinista o que el ABC convertía las ikurriñas en irreconocibles banderas. Y si la cosa funciona, si los psicólogos concluyen que es mejor quitarlos de la programación para no contaminar las infantiles mentes, otros dibujos animados pueden correr la misma suerte y colocarse bajo el ojo del religioso Gran Hermano de las correctas opciones sexuales.
Los primeros en caer, no les quepa la menor duda, serán Blas y Epi, a los que no se les conoce relación con mujer alguna, y que conviven bajo el mismo techo, como pareja de hecho o tal vez casados tras la aprobación de la ley que posibilita los matrimonios gay en España. O el Oso Yogui y Bubu, que vaya usted a saber que oculta relacionen mantienen en la cueva del Parque Yellystone.
A este paso, Polonia se convertirá en un régimen integrista que poco tendrá que envidiar al Irán de los ayatollah, eso sí, con el fundamentalismo católico sustituyendo al islámico. Pero con las mismas consecuencias: la falta de libertad, los dogmas, las imposiciones, las verdades absolutas, la ausencia de respeto a las distintas opciones sexuales y, en definitiva, la negación de la sexualidad, limitada a la procreación.
Y mientras eso ocurre en un país de la Unión Europea, nuestros niños y niñas seguirán teniendo fácil acceso a video juegos, como el San Andrea, que les enseña a romper mobiliario urbano, atracar coches, agredir a mujeres o asesinar por el placer de matar; toda una escuela de valores cívicos que estoy seguro que a los modernos inquisidores les preocupa menos, mucho menos, que con quién comparte uno cama y afectos.
domingo, 1 de enero de 2006
Inmigración y Canarias: alarmismo y realidad
En la obligada espera del semáforo, el taxista, latinoamericano, mira al coche de al lado, ocupado por dos hombres y una mujer de piel negra, y me dice buscando complicidad: “Mírelos, vienen en patera y terminan con automóvil propio”. Con toda probabilidad, los ocupantes del cercano vehículo llegaron a Canarias en avión, igual que el parlanchín taxista, que parece considerarse con más derechos que otros exilados económicos o políticos, que hasta en los inmigrantes debe haber clases en función de criterios étnicos, nacionales o lingüísticos.
Le doy mi opinión sobre el fenómeno migratorio, y opta por no hablarme el resto del trayecto. Me sucedió la pasada semana en Las Palmas de Gran Canaria, cuando ha disminuido la llegada de cayucos, tras un año, el 2006, de record, con numerosas muertes conocidas en nuestras costas o en las del cercano continente africano y con muchas más en cualquier lugar del océano. Con repetidos dramas humanos y la presencia de algunos bellos gestos humanitarios por parte de la ciudadanía, que no todo es insolidaridad y miedo al otro. Nunca Canarias había estado en tantas ocasiones en primer plano informativo. Lo que han venido transmitiendo los medios parece traducirse en una invasión en toda regla, casi se diría que planificada. Y ello se interioriza por parte de una población que empieza a pensar cómo va a ser posible la vida cotidiana con tantos miles de recién llegados, encima hambrientos y sin trabajo.
Ante ello, surgen propuestas efectistas. Como la implicación de la Armada, apoyada por el Parlamento canario. Una Armada que haría lo que hacen el buque hospital Esperanza del Mar o las dotaciones de Salvamento Marítimo: rescatar a los integrantes de las embarcaciones y llevarlos a tierra. Porque no creo que estén pensando en torpedear las débiles barcas o en imponer un bloqueo naval al Archipiélago.
Por cierto, la guinda en esta materia la puso el secretario de organización del PP canario, que advierte en un artículo periodístico que los náufragos deben ser rescatados sólo, lo han leído bien, sólo, si otras naciones están dispuestas a implicarse: “Acudir al rescate de todo el que está en apuros en el mar está muy bien, pero sólo cuando tienes la garantía de que los demás países van a cooperar, de lo contrario, lo que se consigue es hacer el ridículo y abusar de la solidaridad de los españoles", asegura. Como ven, una muy humanitaria invitación a que los marineros miren para otro lado cuando vean un cayuco en situación desesperada.
La realidad es muy distinta a esa presunta invasión. Los inmigrantes que han contribuido al crecimiento demográfico de las Islas, haciendo que algunas dupliquen su población en apenas quince años, y a su crecimiento económico, entraron por nuestros puertos y aeropuertos, proceden de otras comunidades autónomas, de Europa, de América Latina y, en menor medida, de África, y vinieron llamados por nuestro poco sostenible desarrollo económico, que los necesitaba imperiosamente para la construcción o los servicios.
Para corregirlo, para orientar el modelo hacia la sostenibilidad, el Parlamento aprobó en 2003 las leyes de directrices, que el actual Gobierno ha congelado, al tiempo que, hipócritamente, CC anuncia que utilizará la inmigración y la demografía como armas electorales. El mismo Gobierno, por cierto, que desarticuló todo lo avanzado en materia de inmigración en la pasada legislatura. Ahora, nuevamente juntos, PP y CC evitaron que el Parlamento aprobara una resolución contra la xenofobia y el racismo, que sólo contó con los votos de PSOE, Nueva Canarias y PIL; mientras tanto CC y PP expresaron su coincidencia con los objetivos de la manifestación celebrada en noviembre en Tenerife, nacida desde la demagogia y trufada de xenofobia.
Además, volviendo a la otra inmigración, la inmensa mayoría de los ciudadanos y ciudadanas de Canarias no llega a ver, salvo por la tele, a los invasores de los cayucos, que son inmediatamente trasladados a centros de internamiento, para posteriormente ser devueltos a sus países de origen o distribuidos por otras comunidades. Esa es otra, algunas se resisten a la medida como si el problema no fuera con ellos.
Igual los canarios somos culpables de ser frontera sur de España y de Europa y tendremos que plantear que, como en los viejos mapas, nos ubiquen en el Mediterráneo y lo más cerca posible del continente europeo. O desear fervientemente que cambien los sistemas de entrada: por ejemplo, que los inmigrantes burlen el espacio aéreo español y comiencen a tirarse en paracaídas en cualquier provincia del interior peninsular. Y a quien le toque, le toca.
Seamos rigurosos. No hagamos demagogia, como hace el PP con el presunto efecto llamada de nuestra legislación, como si los pobres de la Tierra estuvieran todo el día enchufados al BOE; y sin preguntarse, por ejemplo, cuál es el efecto llamada de la legislación de EEUU que hace que cientos de miles de latinoamericanos traten de traspasar sus fronteras cada año. O Coalición, al mezclar inmigración irregular, cayucos, problemas de los sistemas públicos y dificultades en el acceso de los jóvenes al empleo, en un cóctel que sólo puede terminar teniendo un sabor terriblemente xenófobo. Y, asimismo, que nadie diga que tiene fórmulas mágicas para solucionar el problema, porque está engañando y engañándose.
El fenómeno es complejo. Y la responsabilidad atañe a todos, siendo clave que la Unión Europea entienda su relevancia, cosa que parece costarle, para que actúe consecuentemente. No sólo en la respuesta inmediata a la inmigración irregular, sino sobre todo siendo capaz de intervenir con perspectiva, implicándose activamente en el desarrollo de los países africanos, única forma de fijar la gente al territorio, de generar ilusión donde hoy hay sólo desesperación. La misma desesperación que posibilita que se gasten todos sus ahorros y se suban en inseguras embarcaciones para iniciar un periplo cada día más peligroso, por la lejanía del destino soñado y el trayecto en pleno Atlántico, en busca del paraíso; y que para centenares de ellos significa perder la vida en el mar.
La misma desesperación que, por elementales razones éticas, de ninguna manera admite de nuestra parte discursos facilones, oportunismos electoralistas ni miserables propuestas políticas como las que se escuchan con demasiada frecuencia. Mucho más peligrosas, por proceder de líderes de opinión políticos o mediáticos, que el sesgado discurso del taxista.