miércoles, 1 de diciembre de 2010

El PP ‘soriano’ y las dictaduras

Polemicé en una reciente edición de ‘El Envite’, en la Televisión Canaria, con el diputado y ex portavoz del PP en el Parlamento canario, Miguel Cabrera Pérez Camacho, acerca de las dictaduras buenas, malas, regulares y medio pensionistas. El asunto entró en el debate al reiterar Pérez Camacho su absoluto rechazo a que los presidentes del Gobierno de Canarias visiten la isla caribeña.

Le recordé entonces que el máximo dirigente de su partido, José Manuel Soria, siendo consejero de Economía y Hacienda y vicepresidente del Gobierno de Canarias, realizó una visita oficial a Guinea, que no posee un régimen muy democrático que digamos.

La respuesta/argumentación del diputado y posible candidato a la alcaldía de Santa Cruz de Tenerife no tuvo desperdicio: Cuba lleva más de cincuenta años con un régimen dictatorial (Teodoro Obiang Nguema lleva treinta mandando en Malabo, siguiendo la estela de Macías), dijo, añadiendo que la problemática cubana afecta a muchos canarios y, además, en Cuba no hay elecciones y en Guinea sí; verdad esta última solo a medias porque el régimen de La Habana también tiene elecciones y las de Guinea, casualmente, suele ganarlas el partido oficial con el 95% de los sufragios. En ese instante le recordé que la España de Franco no dejaba de ser una dictadura por mucho que se eligieran, por ejemplo, procuradores por el tercio familiar.

Pero, sobre todo, le planteé que puestos a calibrar las maldades de ambas dictaduras comparara sus datos de mortalidad infantil, considerado por muchos expertos como un indicador fino del estado de salud de una nación.

Las cifras son elocuentes, con datos oficiales del 2009 Cuba tiene un 5,82% de mortalidad infantil, por encima de España (4,21%), Alemania (3,99%) o Francia (3,33%), pero con mejores registros que Estados Unidos (6,26), Colombia (18,9), Marruecos (36,88) y, por supuesto, Guinea Ecuatorial (65,22), que multiplica por once los de la ‘terrible’ Cuba. Eso sí el país africano que suscita mayores simpatías de Pérez Camacho tiene una tasa inferior a Guinea Bissau, Ruanda, Sudán o Burkina Faso. Algo es algo.

El diputado del PP hubiera quedado perfecto y su argumentación alcanzado plena credibilidad si hubiera denostado todo tipo de dictaduras, si hubiese rechazado la colaboración de Canarias con cualquier régimen donde no se respeten las libertades, donde sea imposible ejercer la libertad de prensa o donde el pluralismo político se encuentre en el horizonte, es decir bien lejano y difícilmente alcanzable. Aspectos estos últimos, los de las diversas libertades, en que naufragan las dos naciones en cuestión.

Pero tratar de embellecer a un régimen tiránico, como el de Obiang, considerado como uno de los más represores del mundo, experto en torturas y desapariciones, pero además caracterizado por sus abismales desigualdades sociales y su escaso respeto a las condiciones de vida de su gente, y de manera especial de su infancia, confirma que no se trata de un alegato democrático, ni de un rechazo a las dictaduras, sino de política sesgada, sectaria y partidista con minúsculas, con casi ilegibles minúsculas.


Enrique Bethencourt

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martes, 16 de noviembre de 2010

‘Psoecidio’

Las primarias, como las pistolas, las carga el diablo. Y a los socialistas, aquí y en la metrópoli, estos singulares procesos democráticos se les vienen atragantando hasta límites insospechados.

La derrota del oficialismo en Madrid constituye una buena muestra de que no siempre salen las cosas como el aparato quiere; que, a veces, las bases salen respondonas. Pero a Tomás Gómez no se le ha ocurrido fusilar a quienes apoyaron a Trinidad Jiménez, disolver los comités locales de los municipios díscolos con su liderazgo ni solicitar a Zapatero que releve a su contrincante en las primarias al frente del Ministerio de Sanidad, ayer, o del de Exteriores en estos momentos.

Sin embargo, en Canarias sí que han organizado una purga al más viejo estilo estalinista, aquel que pregonaba que el partido se fortalece depurándose. La disolución del comité local de Santa Cruz de Tenerife y la imposición de una gestora a nivel insular pocos meses después de elegirse esta en un congreso, parecen decisiones poco meditadas, o planificadas por el enemigo, que tendrán gravísimas consecuencias políticas y electorales.

Suponen, en mi opinión, una enorme torpeza, así como la presencia de unos peligrosos resabios antidemocráticos, que contribuyen a la desmoralización de los sectores progresistas en Tenerife y en el conjunto de Canarias. Parece que Juan José Millás se refería a nuestra tierra cuando dijo que “la primera condición para ser dirigente es no ser idiota. La segunda, no tratar a los demás como idiotas. Durante la resaca de las primarias, los dirigentes socialistas están incumpliendo las dos.”

A nadie se le oculta que el PSC-PSOE gozaba de una excelente oportunidad en la capital santacrucera, visto el profundo desgaste de Miguel Zerolo a lo largo del mandato, que se ha visualizado como una etapa de auténtica parálisis en la corporación, y los problemas que atraviesan los otros grupos de la oposición municipal.

Sin embargo, parece que CC está destinada a ganarlas siempre. Primero, José Manuel Soria les allana el camino defenestrando a Ángel Llanos, un valor electoral en alza, igual que en el pasado hicieron con Guillermo Guigou; ahora, los socialistas postprimarias aplican la política de tierra quemada en sus propias filas y se hacen el haraquiri, renunciando a derrotar a CC.

Si con ello lo que pretenden es acercarse a las huestes coalicioneras y facilitar el acceso socialista a un futuro Gobierno de Canarias tras las elecciones de mayo, se trata de pésimas formas que, encima, no garantizan ningún éxito en la misión, como sucedió en el pasado con Jerónimo Saavedra o Juan Carlos Alemán, condenados, pese a su amable trato hacia ATI, a una larga travesía del desierto.

En ese contexto, una frase del comunicado oficial del PSC-PSOE tras el linchamiento en plaza pública de los críticos –“Los socialistas canarios muestran su preocupación por la actual situación de evidente desencanto de la ciudadanía respecto a la política”- parece un ejercicio de nada sutil desfachatez; primaria, por supuesto.

Enrique Bethencourt

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martes, 2 de noviembre de 2010

Canarias, ejemplo internacional

Sé muy bien que en muchas cosas esta tierra, Canarias, no anda bien. En el empleo ni les cuento, 312.000 parados según la Encuesta de Población Activa (EPA) del tercer trimestre, líderes en España y casi campeones de toda la Unión Europea continental y ultraperiférica, sólo superados por Reunión.

En la Educación y la Sanidad, también arrastramos los peores parámetros del conjunto del Estado, pero seguro que estamos mejor que Guadalupe o Guyana. Igualito que con la Ley de Dependencia, en la que nuestro Gobierno canario ha naufragado para sufrimiento de miles de personas, afectados directos y sus familiares.

Pero no me negarán que tenemos nuestras más que curiosas especificidades. Especialmente en la política, con un sistema electoral estrambótico y que se burla de la ciudadanía, dejando sin representación en el Parlamento a más de 150.000 votantes, lo que no sucede en ninguna otra región, nacionalidad o nación.

Pero puestos a superarnos, la crisis abierta tras la huida del PP a los cuarteles de otoño/invierno (aunque no descartan volver en primavera, poco después de que ésta llegue de la mano de El Corte Inglés) nos proporciona otro motivo para sentirnos diferentes: somos la única comunidad en la que gobiernan los que perdieron las elecciones, en la que en su Consejo de Gobierno se sientan, en exclusiva, los integrantes del partido tercero en votos, que representa al 23% de los votos válidos, mientras que no está, ni se le espera, el otro 77%. Y sólo 19 de los 60 diputados apoyan al nuevo Ejecutivo pauliniano. Politólogos de todo el mundo deberían venir a estudiar tan singular caso.

Si exportáramos el modelo, en Andalucía gobernarían las huestes de Cayo Lara, tercera fuerza tras socialistas y conservadores; en Cataluña lo haría el PP o ERC en solitario desbancando al todavía mayoritario tripartito, al que las encuestas dicen que les quedan pocos telediarios; y en Aragón le correspondería el bastón de mando a la Chunta Aragonesista del recientemente desaparecido Labordeta. Y apurando la cosa, hasta en Galicia el presidente Feijoo se vería obligado a dar paso al Bloque Nacionalista Galego, completando un curioso cuadro: el Gobierno de las minorías.

Pero en esas comunidades autónomas debe reinar, al menos, el sentido común. O el sentido democrático, que no es lo mismo pero es igual. En nuestro caso no, perpetrando una auténtica perversión democrática.

La responsabilidad fundamental está en quienes han impedido la reforma del sistema electoral canario, muy útil para los intereses de CC pero poco para los valores de la democracia, y las propias modificaciones del Estatuto, que posibilitarían una disolución del Parlamento y un adelanto de las elecciones, como ocurre en otras autonomías.

Pero también se encuentran en las otras dos fuerzas parlamentarias que, por acción u omisión, toleran o propician esta inocentada tan poco inocente que se va a prolongar hasta las elecciones de mayo de 2011.

Enrique Bethencourt

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lunes, 18 de octubre de 2010

Solidarios, claro que sí

Hace unas semanas el secretario general de Naciones Unidas, Ban ki Moon, llamó a los líderes mundiales a no desviar la ayuda para los pobres para fortalecer sus propias finanzas, en medio de la leve recuperación económica mundial del último período.

Lo hizo en el marco de la cumbre celebrada en Nueva York para revisar los Objetivos del Desarrollo del Milenio lanzados hace una década por la ONU para ser cumplidos en 2015. Países ricos y pobres se comprometieron entonces a unir sus esfuerzos para lograr los Objetivos del Milenio para el desarrollo. Que van desde erradicar la pobreza extrema y el hambre hasta lograr la educación primaria universal; pasando por promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer, reducir la mortalidad infantil o mejorar la salud materna.

A cinco años vista de la meta fijada por Naciones Unidas el cumplimiento de los objetivos es muy irregular y se está todavía bastante lejos de erradicar la pobreza en el mundo. Las cifras de la pobreza en el mundo obligan a reflexionar sobre qué mundo estamos construyendo y en dónde quedan los rasgos de humanidad. La mayoría de la población del Planeta se encuentra completamente al margen del bienestar. Ese que disfrutamos en los países en que contamos con educación universal o sanidad pública y en los que la pobreza está a años luz de la que se padece en el tercer mundo.

Les recuerdo algunas de esas cifras de la pobreza, según datos oficiales de la ONU: un niño de cada cinco no tiene acceso a la educación Primaria; 876 millones de adultos son analfabetos, de los cuales dos tercios son mujeres; cada día, 30.000 niños de menos de 5 años mueren de enfermedades que hubieran podido ser evitadas; más de 500.000 mujeres fallecen cada año durante el embarazo o en el parto; más de 1.000 millones de personas no tienen acceso a agua potable; y 2.800 millones de personas, es decir, cerca de la mitad de la población mundial, viven con menos de 2 dólares al día.

Frente a esa realidad podemos esconder la cabeza bajo el ala, mirar para otro lado o, como predica Ki Moon actuar para tratar de cambiarla, construyendo entre todos un mundo más justo y solidario. Eso implica actuaciones individuales, como hemos visto en muchas ocasiones con la solidaridad desplegada por miles de ciudadanos ante catástrofes en distintas partes del Planeta. Pero supone sobre todo actuaciones de los Estados, en especial los que más tienen, que deben hacer de la ayuda al desarrollo un elemento esencial de sus agendas.

Lo pueden plantear hasta por razones egoístas, para evitar masivos movimientos migratorios al no existir esperanza alguna de vida digna en sus tierras de origen. O por razones de solidaridad o de humanismo cristiano o agnóstico. Lo que no vale es el discurso facilón de “primero nosotros” y los otros que esperen. Entre otras cosas, porque mal nos iría a los canarios de aplicarse en su literalidad esos planteamientos. Hagamos un poco de memoria.

En los años 90, cuando Alemania afrontaba los costes de la unificación y en Alemania de Este había más de un 20% de paro e infraestructuras calamitosas, heredadas del régimen comunista, el estado germano destinó decenas de millones de marcos de entonces para ayudas a la Europa menos desarrollada, lo que nos benefició directamente a los canarios. Muchas de las infraestructuras de las que hoy disfrutamos son producto de esa ‘generosidad europea’. No tendríamos las carreteras que tenemos ni los aeropuertos. Y nuestros hospitales, por cierto, siguen siendo hoy mejores que los de Alemania del Este.

Hay que recordar que Canarias, región ultraperiférica de la Unión, recibe tres tipos de ayudas diferentes Fondos Europeos, ayudas POSEICAN para el sector agrícola y ayudas de estado de finalidad regional. Para el actual período 2007-2013 recibiremos de estos fondos nada más y nada menos que 1.490 millones de euros, es decir, 213 millones de euros al año. A los que hay que sumar lo procedente de la participación en programas operativos multirregionales.

Es verdad que esta cifra es menor a la recibida en el período 2000-2006, porque hemos mejorado nuestro PIB y porque la ampliación supuso la entrada de países más pobres. Entonces, cuando Canarias era considerada Objetivo 1, es decir, región subdesarrollada por tener una renta per capita inferior al 75% de la renta media comunitaria la aportación europea era el doble.

El total recibido por Canarias en 7 años, entre el 2000 y el 2006, a través de su Programa Operativo Integrado propio ascendió a 2.943,5 millones de euros. Esto supone que Canarias recibió anualmente 420,5 millones de euros, es decir, 70.000 millones de las antiguas pesetas al año. Además, el POSEICAN contiene una importantísima línea de ayudas al sector agrícola y a la industria agroalimentaria local.

Resumiendo, las ayudas recibidas por Canarias al año son las siguientes: Fondos Europeos: 213 millones de euros al año; POSEICAN: 268,4 millones de euros al año; beneficios fiscales por incentivos del REF: 1.196,8 millones de euros en el año 2009. Es decir, que Canarias recibe 1.678,2 millones de euros de la Unión o estos se quedan en Canarias por autorización de la UE cada año.

¿Por qué Alemania o Francia aportan para beneficiar a las regiones menos favorecidas de Europa?

¿Por qué no dedican las perras a sus parados, a sus pobres, a sus marginados?

¿Qué ‘palo’ supondría para Canarias y para su gente semejante actitud, digamos, poco solidaria?

Los discursos en boga contra los programas de ayuda al desarrollo, contra la solidaridad se caen por su propio peso, por mucho que encuentren eco y aplaudidores. Carecen de argumentación; y, sobre todo, son profundamente injustos e inhumanos. Como bien señala el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki Moon, "no hay un proyecto mundial de más importancia que la lucha contra la pobreza”. Y ese proyecto no puede ni debe tener fronteras.

Enrique Bethencourt

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lunes, 4 de octubre de 2010

Último parte de guerra

“En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército sindical, las tropas de la patronal y de las entidades financieras han alcanzado sus últimos objetivos. El Estado del Bienestar ha sido aniquilado”.

Este bien podría ser el último parte de guerra tras la huelga general del 29 de septiembre; el problema es que, junto a los firmantes, las triunfantes fuerzas neoliberales y conservadoras, habría que buscarle un huequito a la socialdemocracia española, conversos que han hecho en los últimos tiempos el trabajo sucio de exterminio o, al menos, significativo adelgazamiento de lo público.

Es verdad que la huelga no fue un rotundo éxito. Pero tampoco fue un completo fracaso. Una parte importante de la población respondió a la llamada de los sindicatos y esto se notó en sectores estratégicos, como el transporte y los puertos, así como en grandes empresas como las del sector del automóvil. Pero también es verdad que el paro no alcanzó el seguimiento de los convocados contra decisiones políticas y sociales de los gobiernos de Felipe González y de José María Aznar.

En mi opinión, se trataba de la huelga más justificada de toda la etapa democrática. Nunca antes habíamos asistido a la toma de decisiones globales, en Europa y en España, que van directamente contra los intereses de la gente, como es el caso de las pensiones, ni contra medidas que disminuyen el papel de lo público, impidiendo el desarrollo económico y la generación de empleo y desprotegiendo a quienes peor lo pasan.

Pero la huelga general se llevó a cabo en condiciones muy difíciles. Con muchos trabajadores del sector privado temerosos ante posibles represalias, cuando el horno del empleo no está para bollos de decisiones arriesgadas. Con funcionarios quemados tras la anterior huelga contra la bajada de sus salarios y que no estaban dispuestos a otro descuento en su nómina; y, dentro de estos, con docentes que aún arrastran las heridas de la fracasada batalla por la homologación.

Con personas que compartían el espíritu de la convocatoria, pero estaban resignadas y convencidas de que no hay nada que hacer, de que esto no hay quien lo cambie. Y hasta con otras que no querían castigar a Zapatero y facilitar aún más la cada día más inminente llegada de la derecha a La Moncloa…

Pero también, no quiero olvidarlo, un porcentaje significativo no se movilizó como muestra de rechazo a unos sindicatos que consideran alejados de la realidad, burocratizados y que llegan tarde, que tuvieron que plantarse mucho antes; que defienden a los que tienen empleo –y, especialmente, a los trabajadores públicos- pero se han olvidado por completo de los parados. Y esto debe hacer reflexionar a los sindicatos, que están en el punto de mira de los tanques ideológicos de la derecha, pero también son cuestionados por lo que debiera ser su propia base social.

Abierta la veda, hasta Sebastián Grisaleña, presidente de la Confederación Canaria de Empresarios, ha abogado por la desaparición de las organizaciones sindicales, en lo que espero que sea una calentura verbal y no un peligroso tic antidemocrático. Podría reflexionar, aprovechando el viaje, por cómo la CEOE, de la que forma parte su organización, mantiene al frente a un señor, como Gerardo Díaz Ferrán, experto en hundir empresas –Air Comet, Marsans o seguros Mercurio…- y en no pagar a sus trabajadores.

Son sin duda malos tiempos para la lírica, para los sindicatos y para los sectores progresistas, en los que, seguramente, no vale repetir viejas fórmulas y gastadas respuestas. Y eso implica más reflexión y acción consecuente o nos arriesgamos a que se consolide el más profundo retroceso social del último siglo. Leyendo algunas de las convocatorias y algunos de los manifiestos de los ‘abajofirmantes’ de este 29-S mucho me temo que queda mucho para iniciar el camino. Pero todo se andará.

Enrique Bethencourt

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miércoles, 22 de septiembre de 2010

Arrepentimiento ‘hey’

Por fin puedo dormir tranquilo: Julio Iglesias reconoce que no cantaba nada bien en sus primeras décadas delante de los micrófonos de un concierto o de las salas de grabaciones.

“Creo que canté muy mal en los primeros 20 o 25 años de mi carrera”, dice, en un sorprendente ejercicio de singular modestia. Circunstancia que, curiosamente, no constituyó el menor obstáculo para que vendiera más de 300 millones de discos y para que disponga desde hace tiempo de una más que relevante fortuna, con un patrimonio estimado en 3.600 millones de euros.

Reconozco que siempre he pensado que los gorgoritos de Julito dejaban bastante que desear, y que era un producto comercial que estaba a años luz de Frank Sinatra, por mucho que sus discos se vendieran como roscas; aunque conozco a auténticos fans del autor de la eurovisiva ‘Gwendolyne’ que me han echado en cara mi falta de acierto en mis juicios (prejuicios dicen ellos y ellas) sobre tan internacional personaje.

Detrás de su declaración se esconde, eso parece, un propósito de la enmienda y, sobre todo, una absoluta seguridad de que en estos momentos, superada una larga etapa de aprendizaje, lo hace de maravilla. De que ahora sí, canta como los ángeles, que al fin y al cabo es una buena forma de proporcionar un disco recopilatorio (o rectificatorio, no estoy muy seguro) de su más que dilatada carrera.

Ese balance autocrítico, ese arrepentimiento por las cosas mal hechas, aunque tardío, tal vez llegue a ponerse de moda en ámbitos que vayan más allá de la farándula.

Y hacer que George Bush reconozca públicamente que sus dos legislaturas al mando de la superpotencia del Planeta fueron un fiasco, que él no entendía de armas de destrucción masiva y que se equivocó invadiendo Irak y armando el desastre que armó. Y secundarles Blair y Aznar, pidiendo sincero perdón por su mayor o menor papel en dislates con tantas consecuencias sangrientas, lo que no les salvaría, pero menos da una piedra.

Y hasta el santo papa que vive en Roma podía apuntarse humildemente a la reflexión y al arrepentimiento por el sufrimiento que sacerdotes de aquí y acullá han causado a tantos niños violados en la sacristía o en el confesionario, sin que obispos, arzobispos ni papas, reaccionaran con la contundencia necesaria ante semejantes barbaridades.

O, en fin, que los dirigentes europeos, incluido el hasta hace bien poco socialdemócrata Zapatero, transmutado en converso de la derecha, reconocieran su desafinamiento en las políticas que vienen aplicando contra la crisis económica, que cargan sus tintas contra trabajadores y pensionistas, que pretenden exprimirnos hoy y avisarnos de que no hay mañana, mientras banqueros y grandes fortunas continúan haciendo su agosto.

Tal vez Julio tenga razón: la vida sigue igual. Hey!


Enrique Bethencourt

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martes, 7 de septiembre de 2010

‘Neiradas’

Hace dos años aplaudí con firmeza, en un artículo publicado en Canarias7, su comportamiento al tratar de defender a una mujer maltratada, lo que le costó importantes lesiones de las que tardó en recuperarse.

Me pareció un ejemplo de conducta cívica en uno de los asuntos, el de la violencia contra las mujeres, que más debe avergonzar a esta sociedad moderna y avanzada. Y ante el que no vale, en modo alguno, mirar hacia otro lado.

Hoy, con la misma firmeza, tengo que censurar las posteriores actitudes del profesor Neira, convertido en una estrella mediática de excesiva soberbia, demasiadas sombras y muy escasas luces.

Lo es por el reciente incidente en que, triplicando las tasas de alcohol toleradas, hacía zigzag en su vehículo por la madrileña M-40, poniendo en peligro su vida y la de los demás, porque su borrachera –de no mediar la retención por la guardia civil- pudo terminar en un accidente de consecuencias mortales.

Grave actitud, en cualquier ciudadano, la de conjugar exceso de copas (o mezcla de medicamentos y copas, como arguye en su defensa) y conducción, mucho más en un personaje público de su relevancia. Peor aún cuando trata de encubrirlo y justificarlo de forma muy poco creíble.

Era mucho mejor reconocer el error, pedir públicas disculpas y comprometerse a no volver a repetirlo. Pero eso, viendo como se comporta habitualmente el personaje, es un imposible metafísico. Incluso tras la sentencia (suave para lo que pudo haber causado con su alocada conducción) no ha habido nada de arrepentimiento por su parte y sí nuevas dosis de altanería y chulería. Pareciera que todos los demás tuviéramos que pedirle perdón a quien se califica como una persona de “ética intachable”. Menos lobos, caperucita.

No es, desgraciadamente, su único disparate en el último período, desde que saltara a la fama y ésta, al parecer, se le subiera a la cabeza sin que supiera administrarla adecuadamente. En el camino quedan sus duras declaraciones contra la Justicia en el caso de su agresión, que chocaron frontalmente con las de su abogado, que reconocía que se trataba de decisiones absolutamente correctas y ajustadas a derecho.

También su anuncio de que quería conseguir una licencia de armas, tras ser puesto en libertad su agresor; de seguir su ejemplo, volveríamos al antiguo oeste: todos con pistola y que gane el más rápido.

Pero peores, mucho peores, son sus incursiones en los medios de comunicación de la derecha más cavernícola, donde el profesor universitario ha cambiado su prosa académica por la proliferación de los más variados insultos a quienes se sitúan lejos de sus posiciones políticas. Demostrando, eso sí, ser un verdadero catedrático en esos menesteres.

Lejos de esforzarse en la crítica reflexiva y argumentada, Neira ha tomado el peligroso atajo del tertuliano barriobajero, faltón y malhablado. Descalificando continuamente y, al tiempo, descalificándose a sí mismo, al quedar reducido a un papel de simple mamporrero.

Su posicionamiento en torno a la democracia es aún más peligroso. El profesor, que se ha convertido en un auténtico ídolo de barro, ha mostrado su absoluto rechazo al sistema democrático y se ha colocado en las tesis de la extrema derecha más furibunda. Tal vez por eso su artículos son publicados, entusiastamente sin duda, por la revista de la Hermandad del Valle de los Caídos. ‘Neiradas’, sin duda.


Enrique Bethencourt

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