martes, 3 de agosto de 2010

Tauromaquia, ¿tradición o barbarie?

A propósito de la reciente aprobación por el Parlamento de Cataluña de la prohibición de las corridas de toros, decisión que aplaudo fervientemente como millones de personas de distintos credos de este país, quisiera hacer algunas puntualizaciones al debate que se ha originado y que el PP y su infantería mediática, como viene siendo habitual, ha tratado de politizar al máximo.

La primera, que la decisión catalana nace de una iniciativa legislativa popular (ILP), de ciudadanos y ciudadanas contrarios al maltrato a los animales, que los hay, por cierto, de derechas e izquierda, nacionalistas y estatalistas, monárquicos y republicanos, religiosos y ateos, delgados y llenitos, altos y bajos; la segunda es que ha sido ratificada democráticamente por el voto mayoritario de los legítimos representantes de la soberanía popular en esa comunidad.

Y la tercera, que no vale agarrarse a la pervivencia de arraigadas tradiciones para justificar la continuidad de este obsceno espectáculo, asimismo lo son, en otras culturas, la ablación del clítoris, el matrimonio con adultos de niñas a partir de 9 años o la lapidación de adulteras. Y también en ellas sus defensores aluden a las tradiciones para defender situaciones aberrantes contra los seres humanos y, especialmente, contra las mujeres.

En muchos casos, detrás de esas tradiciones ancestrales se encuentran profundas esencias religiosas que en el que nos ocupa, la tauromaquia, parecen haberse transformado en no menos peligrosas esencias patriotas o, simplemente, patrioteras. Las mismas que los conservadores españoles tratan de utilizar como rédito electoral, como si los que rechazamos esta mal denominada fiesta nacional mereciéramos ser expulsados y considerados peligrosos apátridas.

Causar daño por divertimento a un animal, someterlo al mayor estrés, destrozarlo internamente con los puyazos y clavarle banderillas, torturarle, en fin, hasta la muerte, puede resultarle a algunos un enorme referente cultural; a otros, simplemente nos parece una muestra de una descomunal barbarie y falta de la más mínima sensibilidad hacia el dolor ajeno, en este caso animal. Y las denunciamos, al igual que hacemos con las matanzas de focas, las peleas de perros o las riñas de gallos, que también cuentan con muchos seguidores.

Argumentar, desde un presunto liberalismo, que por principio no se debe prohibir, nos podría llevar consecuentemente, a tolerar la posesión de armas, el cultivo y distribución de ‘coca’, la esclavitud, la práctica de la poligamia o, por qué no, circular en dirección contraria; o a que los niños se vayan de casa a la edad que les plazca o opten por ir o no al colegio. Y, por supuesto, permitir que, en función de los gustos y de la supuesta libertad de cada cual, torturemos a perros, gatos, ovejas o cabras, tirándolas de un campanario como en algunas fiestas también pretendidamente muy hispanas.

Como bien señala el filósofo Jesús Mosterín, “ningún liberal ha defendido un presunto derecho a maltratar y torturar a criaturas indefensas… Los padres del liberalismo tomaron partido inequívoco contra la crueldad. Ya entonces, frente al burdo sofisma de que, puesto que los caballos o los toros no hablan ni piensan en términos abstractos se los puede torturar impunemente, el gran jurista y filósofo liberal Jeremy Bentham señalaba que la pregunta éticamente relevante no es si pueden hablar o pensar, sino si pueden sufrir”.

Por cierto, se ha polemizado sobre el alcance de la Ley canaria de protección de los animales, aprobada por nuestro Parlamento en 1991, asegurando que sólo afecta a los animales domésticos. Considero que el texto de la ley canaria elimina de esta tierra a la tauromaquia. En primer lugar, porque aclara que “se entiende por animales domésticos, a los efectos de esta Ley, aquellos que dependen de la mano del hombre para su subsistencia”.

En segundo lugar, porque una atenta lectura de la misma deja claro que las corridas de toros se encuentran proscritas en nuestra comunidad, casi veinte años antes que en Cataluña. En efecto, en el artículo 5.1 de dicha ley se dice que “se prohíbe la utilización de animales en peleas, fiestas, espectáculos y otras actividades que conlleven maltrato, crueldad o sufrimiento”, lo que, sin nombrarlas específicamente, deja a las corridas fuera de la legalidad en las Islas, aunque algún jeta pro taurino dirá que el bicho no sufre e, incluso, que se divierte mientras lo vejan y martirizan.

Sin embargo, esa prohibición de actividades con maltrato hacia los animales, no afecta, en la legislación isleña, a las riñas de gallos. En un posterior artículo (5.2) se salva a éstas, señalando que “podrán realizarse las peleas de gallos en aquellas localidades en que tradicionalmente se hayan venido celebrando, siempre que cumplan con los requisitos que reglamentariamente se establezcan”, entre ellos que no pueden ser espectadores los menores de 16 años; e impidiéndose el apoyo público a las mismas (las corridas de toros reciben casi 600 millones de euros anuales en subvenciones en España). Se las salva de la prohibición pese a que en el preámbulo se las considera “tradiciones cruentas e impropias de una sociedad moderna y evolucionada”.

En definitiva, no puedo compartir que el maltrato animal pueda justificarse en tradiciones ni reminiscencias culturales. Puestos a reivindicar la cultura, prefiero a Mozart, Beethoven, Brueghel el Viejo, Leonardo Da Vinci, Mercedes Sosa, José Antonio Ramos, Los Beatles, Alfredo Kraus, Cervantes, Frida Kahlo, Cortázar o Gabo, antes que la desigual batalla de un desorientado animal que no tiene la menor intención de enfrentarse contra unos seres humanos armados y dispuestos a hacerle el mayor daño posible con el menor riesgo.

Por último, si, como hacen algo más que insinuar los protaurinos, el listón para ser ciudadano español se encuentra en el mayor o menor apego a esta bárbara fiesta, a esta ritual salvajada sangrienta impropia del siglo XXI, mucho me temo que la población de este Estado se va a ver considerablemente diezmada.



Enrique Bethencourt

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miércoles, 21 de julio de 2010

Pancho Guerra

Soy un poco despistado, aunque creo que en general bastante responsable. Por eso, no es muy normal, y por suerte nada frecuente, lo que me sucedió poco tiempo después de terminar en la Universidad de La Laguna la carrera que nunca ejercí, Filosofía y Ciencias de la Educación, a mediados de los años ochenta.

Fui en aquella jornada de noviembre del 86 responsable directo y único de un incidente doméstico, afortunadamente menor, sin desgracias personales y, eso sí, con algunas pérdidas materiales.

Me encontraba en casa de mis padres, quienes dejaron a mi cargo la vigilancia de la comida, creo recordar que un potaje de lentejas, uno de mis platos favoritos. Mientras se guisaban las lentejas, seguro que procedentes de Lanzarote, me puse a leer un libro que me embebió completamente.

La capacidad del autor para captar la idiosincrasia del isleño, su humor, su acercamiento a una ciudad y una isla que en pocas décadas habían experimentado una profunda transformación, su respeto a canarismos todavía presentes en nuestra habitual forma de expresarnos y otros ya perdidos para siempre…

Todos esos factores conjugados con mi alejamiento de la cocina y mi escaso olfato dieron al traste con el potaje, que pereció casi carbonizado, con el consiguiente disgusto personal y familiar, superado con la comprensión y amabilidad de mis padres. Nos vimos obligados a improvisar, sobre la marcha, otro almuerzo alternativo.

El libro en cuyas páginas margullaba ajeno al mundanal ruido era ‘Los cuentos famosos de Pepe Monagas’, en edición de la Mancomunidad de Cabildos de Las Palmas (1976), con dibujos de Felo Monzón, Eduardo Creagh y Eduardo Millares Sall (Cho-Juaá), caricaturista y fino humorista gráfico este último, aunque nuestra consejera de Turismo lo confundiría, sin duda, con un fabricante de cloruro sódico.

Los arranques de Monagas en las situaciones más dispares y comprometidas me hicieron disfrutar entonces y lo hacen hoy cuando releo alguno de los cuentos escritos por el prematuramente fallecido Francisco Guerra Navarro (1909-1961), autor también de una de las canciones canarias más populares y más cantadas, ‘Somos Costeros’.

Ahora, treinta años después de aquel suceso, el Cabildo Insular de Gran Canaria, con el impulso de la Fundación Pancho Guerra -que preside Miguel Guerra, cuyo entusiasmo y perseverancia tienen mucho que ver con el rescate de la obra de su tío- acaba de editar ‘Las memorias de Pepe Monagas’; a las que seguirá su ‘Léxico canario’ y la recuperación de otra parte significativa del trabajo del escritor nacido en Tunte, entre otros artículos periodísticos –sus crónicas de tribunales, firmadas con el seudónimo Doramas en el periódico madrileño ‘Informaciones’, seguro que de una gran frescura y originalidad- y guiones cinematográficos y radiofónicos.

Aplaudo de forma apasionada esta iniciativa editorial que nos permitirá conocer más a Pancho Guerra y a la sociedad canaria de su tiempo, lo que también contribuye a interpretar los cambios producidos y a entender mejor cómo somos hoy, en estos comienzos de siglo y milenio.

Considero de justicia –como ya han reclamado distintas personalidades e instituciones- que, aprovechando el cincuentenario de su muerte, el Día de las Letras Canarias del año 2011 sea dedicado a un autor esencial para entender Canarias y su gente, y que hasta ahora no ha contado con el reconocimiento que merece.

Y, sobre todo, invito a la lectura de una obra de gran calidad literaria.

Eso sí, para evitar males mayores, por favor, no lo hagan mientras cocinan.


Enrique Bethencourt

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viernes, 2 de julio de 2010

Días de fútbol

El fútbol arrasa por completo estos días en las audiencias televisivas y ocupa buena parte de los periódicos y de los programas radiofónicos, así como de los espacios en la red. El Mundial de Sudáfrica se impone mediáticamente, pese a que las muestras de buen juego hayan surgido más bien a cuentagotas: algo de una sorprendente Alemania mestiza para disgusto de los que defienden la raza aria, algunos minutos de España que continúa teniendo a los jugadores que mejor tocan el balón…

Todo ello en medio de unas superiores dosis de mediocridad y planteamientos rácanos, los de los que hacen todos los esfuerzos para no perder y consideran que la estética forma parte de los pecados capitales.

El fútbol, el Mundial, es el tema de comentario en tertulias y bares, como si por unas jornadas quisiéramos escaparnos de la crisis y sus dolorosas consecuencias para nuestras vidas. Circunstancias, como el galopante paro y la creciente pobreza, que no solventarán los pases de Xavi, la habilidad de Iniesta ni los goles de Villa, pero menos da una piedra. No pienso arrepentirme ni flagelarme por disfrutar de este deporte y su belleza.

Escuchando con atención las retransmisiones por los más diversos canales podemos observar la gran cantidad de entrenadores potenciales que se encuentran tras cada micrófono, expertos en tácticas y estrategias variopintas. Todos llevamos un entrenador dentro.

Y, también, las mismas desnudan el comportamiento forofo de buena parte de los periodistas, que pasaron por alto el posible fuera de juego en el gol de Villa ante Portugal (la acción no mereció si quiera ser repetida adecuadamente) o la injusta expulsión del jugador chileno en la jugada del segundo gol de España al país andino. Si llega a ser al revés son capaces de pedir la ruptura de relaciones diplomáticas con el país del que procede el árbitro responsable del desaguisado.

En el partido contra las huestes del desaparecido Cristiano Ronaldo (el escupitajo al cámara es lo que pasará a la historia de su miserable actuación, que confirma su egocentrismo, inmadurez profunda e incapacidad para ser parte de un colectivo) aluciné con los presentadores de Telecinco, empeñados en exigir la presencia en el terreno de juego de un Jesús Navas que lo hizo rematadamente mal en el encuentro contra Honduras. Y a quien una parte de la prensa española ensalzó injustamente: no dio un buen centro en todo el partido.

La selección que nos enamoró hace dos años sólo ha aparecido en contados momentos. Y algunos prefieren predicar el regreso a la épica y dejar el buen juego para otras ocasiones, como si fuera incompatible jugar bien y ganar. Más bien sucede lo contrario, como han demostrado el Brasil de Pelé o el Barcelona dirigido por Guardiola.

Si la apuesta es por la furia, por la raza, qué horror, me borro del mapa y me dedicaré a animar a alguna selección que apueste por el buen fútbol y nos haga disfrutar.

Debe ser un problema de escaso patriotismo.


Enrique Bethencourt

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jueves, 17 de junio de 2010

Abre tus ojos

He tenido estos días la oportunidad de participar en una interesante experiencia educativa, ‘Abre tus ojos’, dirigida a la sensibilización de estudiantes de Secundaria en torno al fenómeno del acoso escolar, la violencia entre iguales o, más internacionalmente, el ‘bullyng’, iniciativa patrocinada por la Concejalía de Educación del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria.

Mediante una obra de teatro, interpretada a gran altura, se nos transmite emocionalmente la situación de una madre que trata de analizar las razones que le impidieron ver el drama por el que atravesaba su hijo en la escuela, el insufrible calvario cotidiano que le llevó a la muerte.

Cierto es que se trata de un caso extremo, afortunadamente minoritario, pero su crudeza y, sobre todo, los interrogantes maternos sobre la dificultad para darse cuenta sobre la gravedad de lo que estaba sucediendo, la impermeabilidad del muro que en muchas ocasiones desarrollan los adolescente, constituyen un instrumento muy interesante para abrir el debate.

Un debate posterior a la representación teatral, en el que, muy acertadamente, se cuenta con la participación de expertos de diversos ámbitos (psicología, trabajo social, judicial o policial) y en el que el alumnado puede expresar abiertamente sus dudas, preocupaciones y temores.

Cuando hablamos de acoso escolar hay que señalar, en primer lugar, que en modo alguno se trata de un fenómeno nuevo. Las confederaciones de APAs, profundas conocedoras de la realidad de los colegios e institutos, destacan que hoy existe “una mayor sensibilidad social hacia todas las formas de violencia, lo cual es un signo de madurez de nuestra sociedad. No hay más casos de violencia escolar que hace una década, a pesar de que quizá se hayan podido incrementar los episodios de indisciplina y falta de respeto”.

Siempre ha existido, aunque hoy puede incluir nuevas modalidades como el ciberacoso o la grabación en móviles de los hechos. Además, suele afectar a un porcentaje muy reducido de la población escolar en nuestros centros educativos. Pero no por ello deja de ser importante, por el sufrimiento que causa y por hacerlo justo en la etapa en que se están conformando las personalidades de los menores.

Las formas del mismo van desde el hostigamiento a la exclusión social, pasando por la coacción, la intimidación o las amenazas a la integridad. Se apunta en numerosos estudios que hay un 5% de potenciales acosadores y un 15% de potenciales víctimas. Los expertos destacan que determinadas circunstancias pueden modificar esos porcentajes al alza. Por ejemplo, el incremento de población escolar extranjera puede hacer que una parte se convierta en objetivo de los acosados (y que algunos se incorporen al grupo de los acosadores).

Indican, igualmente, que en los acosadores podemos apreciar una actitud dominante y una falta de empatía con los otros. Influyen en ello muchos factores, desde una educación sin valores democráticos, autoridad ni límites, hasta el hecho de ser víctimas de malos tratos en el ámbito familiar. En las víctimas se pueden dar muchos condicionantes, por ejemplo los signos físicos diferenciados extremos: muy gordo, muy bajito; la presencia de una discapacidad o, como pudimos observar en las sesiones desarrolladas estas semanas, la pervivencia de actitudes homófobas entre los escolares.

Es interesante constatar la relación existente entre acoso y género. En un estudio desarrollado por la Universidad de Castilla La Mancha se concluye que “también se ha demostrado que existen diferencias en puntuaciones de masculinidad y feminidad entre víctimas y agresores, con un predominio del rol masculino entre los agresores, independientemente del sexo biológico de estos, confirmándose la relación entre masculinidad y comportamiento agresivo entre estudiantes de Primaria”.

Ante la detección de una situación de acoso escolar hay que intervenir en varias direcciones. No sólo sobre víctimas y acosadores, sino también y de manera muy relevante con los neutrales (los espectadores), generando un espacio de reacción, de rechazo ante este tipo de actitudes; si la masa neutral se moviliza ocurren cosas; y si jalea o mira para otro lado, también. De muy distinto signo en uno y otro caso.

Es imprescindible, sin duda, una actitud combativa frente a la minimización del acoso, sin caer, por supuesto, en discursos alarmistas. No hay que olvidar que una parte de los chicos y chicas que sufren acoso pueden terminar con secuelas serias que pueden arrastrar en su vida adulta. Y que algunos de los acosadores pueden terminar extendiendo su negativo papel a otros contextos, como las relaciones de pareja.

Aunque lo esencial es, en cualquier caso, la prevención, la educación en valores, el rechazo a la violencia, el aprendizaje en torno a la resolución pacífica de los conflictos. Por eso, la relevancia de iniciativas como la que representa ‘Abre tus ojos’.


Enrique Bethencourt

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jueves, 3 de junio de 2010

Nardy y los 685 b(l)ancos

“Nardy Barrios ha instalado 685 bancos por toda la ciudad”. No me lo invento. 685 bancos son; ni uno menos ni uno más, como en la vieja canción de Carlos Puebla. Este curioso titular podemos encontrarlo en la página web de Compromiso y en otros digitales. Cabe preguntarse si los instaló ella personalmente, uno a uno, sin la menor colaboración o si, por el contrario, contó con algún operario municipal.

Así como dónde los adquirió, cómo abonó la correspondiente factura, en qué vehículo efectuó el traslado de los mismos desde el almacén a sus definitivas ubicaciones urbanas y qué herramientas utilizó para semejante y muy ardua tarea.

Pero, sobre todo, corresponde interrogarse si los susodichos bancos (para sentarse, no nuevas sucursales de los principales responsables de la actual crisis económica mundial) son del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria y, por tanto, pagados por los impuestos de todos los ciudadanos y ciudadanas del municipio. O bien, vaya usted a saber, son particular propiedad de una persona y un concreto partido, que ni siquiera se molesta en compartir su ‘montaje’ con sus socios socialistas de gobierno, a los que prefiere, cosas de la vida, dar leña sin tino en Facebook por -eso dice, como si no jugara en el mismo municipal equipo- su mala gestión.

Los mismos bancos, por cierto, de los que ha pedido la fulminante expulsión de un ciudadano de “raza negra”, según asegura en carta remitida al concejal de Seguridad del ayuntamiento capitalino, dada a conocer por Canarias7, y en la que demuestra sus escasos o nulos conocimientos antropológicos. Como bien afirma José Marín González, doctor en Antropología de la Universidad de La Sorbona, “las razas no existen, ni biológicamente ni científicamente”. Para este científico, los seres humanos “pertenecen al mismo repertorio genético. Las variaciones que podemos constatar no son el resultado de genes diferentes. Si de 'razas' se tratara, hay una sola 'raza': 'la humana'. Además, su petición, en la referida y lamentable misiva, de que el indigente “desaparezca del entorno” nos retrotrae al más radical José Manuel Soria y sus traslados de inmigrantes.

Pero volvamos a los 685 bancos (¿o blancos?) instalados por la concejala. Imagínense, por un momento, que cundiera el ejemplo de ese egocentrismo populista extremo, esa personalización cuasi patológica de la acción política. Nos llevaría a titulares periodísticos como “Milagros Luis Brito da clases de Matemáticas a 50.000 alumnos”, “Juan Ramón Hernández asfalta treinta kilómetros de carreteras”, “Román Rodríguez conduce quinientas guaguas”, “Alfredo Pérez Rubalcaba detiene a punta de pistola a doscientos peligrosos delincuentes”, “Mercedes Roldós pone el termómetro a cien mil enfermos” o, en fin, “Demetrio Suárez recoge en un día 135.000 kilos de papas”. Aunque, hay que reconocerlo, con Demetrio todo es posible.

Contrasta esa manera compulsiva de instalar bancos por doquier, a diestro y a siniestro, con el paralelo escaqueo en la asunción de responsabilidades cuando las cosas pintan feas. Un ejemplo reciente lo tenemos en como se borró del mapa cuando se produjo un boquete en la calle Tomás Miller, cerquita de la playa de Las Canteras.

A la muy mediática concejala, en los días en que la calle estuvo cerrada ocasionando numerosas molestias a la ciudadanía, no se le ocurrió ir por la referida vía a colocar una macetita, de esas que tanto le gustaba ubicar en los baches que atribuía a otras instituciones.

Eso sucedía, su hiperactividad vegetal-ornamental, en la misma época en que se produjo un agujero en la calle Cirilo Moreno, a pocos metros del histórico bar Rex, en el que cabía no sólo una plantita, sino hasta la propia Nardy abrazada a una ‘phoenix canariensis’. Lo solucionó, es un decir, colocando unas vallas alrededor del enorme ‘gua’ y dejando la calle completamente intransitable más de diez días; y con el riesgo añadido de que cualquer niño se alongara más de lo razonable ante semejante orificio. Y sin fotogénica maceta, of course.

Otro tanto ocurre con los colegios públicos, cuyas infraestructuras dependen de su departamento. El Mesa y López, por ejemplo, clama por la situación de un muro que puede ser peligroso para la integridad física de la comunidad educativa del centro; y obtiene como respuesta que no se va a hacer nada para realizar el desmonte que solicitan y evitar que las piedras causen un día una desgracia irreparable.

Sin embargo, y paradójicamente, la concejala dispone de tiempo y medios para tapar un pozo en una finca privada de Telde, fuera de su jurisdicción y sin que nadie se lo haya solicitado; dilapidando dinero de la ciudad en otro municipio, cosa tan cierta como insólita. Visto lo visto, a los del CEIP Mesa y López se les podría ocurrir trasladar su colegio a Telde, Arucas, Valleseco o Ingenio; o, como alternativa menos compleja, abrir un pozo en el patio del centro, a ver si hay más suerte y la edil les hace caso.

En fin, la líder de Compromiso hasta tiene singulares ocurrencias como negarle a los vecinos y vecinas del norte de la isla su derecho a ser trasladados en guagua al hospital Negrín y al campus universitario, asunto en el que el alcalde Saavedra tuvo que intervenir aportando la sensatez que, una vez más, le faltó a la concejala. Aunque, todo hay que decirlo, poca lucidez tuvo Saavedra cuando, innecesariamente, la integró en su grupo de gobierno y le ha permitido jugar, al mismo tiempo, a ser poco leal oposición.

Y, eso sí, no se les ocurra dirigirse al departamento municipal de Fomento de Las Palmas de Gran Canaria, al menos telefónicamente, que se pueden llevar una chiripitifláutica sorpresa. Lo comprobé estupefacto hace unas semanas, en torno a las dos de la tarde, cuando tratamos de comunicar un problema que afectaba a mi calle y nos respondió una señora: “Compromiso, buenas tardes”. ¿Cruce de líneas o cruce de cables? ¿Cuestión de banco o de diván?

Mi gozo en un pozo.


Enrique Bethencourt

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miércoles, 19 de mayo de 2010

Las cabras se comen los brotes verdes

Estoy dispuesto a reconocer que las zapateriles medidas contra la crisis han llegado con retraso de chuchango; y con una salsa mucho menos sabrosa de la que suele acompañarlos en nuestros platos en bochinches y restaurantes.

Porque de haber congelado los sueldos públicos, incluidos por supuesto los de los políticos, en los Presupuestos Generales del Estado de 2009 (cuentas públicas en que, sorpresiva e irresponsablemente, los subió más de un 3%) y en 2010 (esta vez con un incremento más suave, un 0,3%), tal vez se hubiese evitado la actual rebaja del 5%, que encabrona mucho más al personal, que maldice al presidente y amenaza con no votar a los suyos hasta que la UD o el Tete ganen la ‘Champion league’.

Y, como no, a destacar que el muy despistado presidente, cometió el gazapo de olvidar en su comparecencia en el Congreso de los Diputados el anuncio de algunas medidas dirigidas a la banca o a las grandes fortunas. Por pequeñas e insignificantes que fueran. Sólo por un efecto psicológico sobre la ciudadanía, moralizante si lo prefieren; y para no romper tan bruscamente su imagen socialdemócrata, sus resistencias a los cantos de sirena empresarial sobre las bondades del despido libre, su empeño en no contribuir al retroceso del Estado del Bienestar.

Coincido, también, en que Zapatero, por actuar a última hora como un galgo, probablemente cediendo a presiones externas, realizó un mal cálculo al congelar buena parte de las pensiones (quedaron fuera las mínimas y las contributivas), con modestos efectos económicos para las arcas del Estado y, sin embargo, con la penosa impresión de que se ceba con un sector vulnerable que las pasa canutas para recorrer dignamente los últimos años de sus vidas.

Me preocupa, asimismo, la reducción de las inversiones públicas en más de 6.000 millones de euros y que esta y otras medidas (o su ausencia, caso de las revisiones de impuestos) pinten un panorama en que las cabras se van a comer los escasos brotes verdes, una situación en la que va a ser casi imposible generar nuevos puestos de trabajo, prolongando en el tiempo la salida de este largo y oscuro túnel.

Todo eso y más. Ahora bien, a lo que no estoy dispuesto es al repetido discurso de muchos analistas, algunos pertenecientes al ‘mester de progresía’, que insisten en que las medidas de Zapatero machacan a los sectores “más débiles de la sociedad”.

Porque, aunque busquen el aplauso fácil de sus lectores u oyentes, los funcionarios no lo son. Sin que eso suponga desmerecer su tarea, esencial en una sociedad desarrollada y clave para nuestra calidad de vida, porque a menudo se olvida que no son sólo oficinistas, sino también médicos, maestros, bomberos o policías. Pero están lejos, bastante lejos, de ser el eslabón más endeble de la cadena.

Porque los sectores más débiles, a enorme distancia, son los cuatro millones y medio de parados de España, 300.000 en Canarias (el 28% de su población activa), y de manera especial los que han perdido o están próximos a perder las prestaciones por desempleo. Con el añadido de que una buena parte de ellos nunca volverá a encontrar empleo. E incluso, ampliando la horquilla, las decenas de miles de trabajadores privados que viven día a día al filo de la navaja y que no tienen la menor garantía sobre la continuidad de sus empresas y de sus empleos; y que en muchos casos han visto reducidos sus sueldos en más de veinte puntos.

Unos sectores tan débiles, tan insignificantes, tan desamparados, tan invisibles, tan nada, que no han merecido un homenaje en un ‘manifestódromo’ ni la convocatoria de una huelga general.


Enrique Bethencourt

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miércoles, 5 de mayo de 2010

El Día y Pinochet

Antes, mucho antes, de que don José Rodríguez fuera inoculado por el mutante virus del soberanismo, El Día era un periódico mejor o peor hecho, con un mantenido liderazgo en Tenerife, y reconocible por sus primeras páginas dominicales ocupadas por un extenso y, casi siempre, flamígero editorial. Su línea era más bien conservadora, se diría que hasta más estatalista que autonomista.

Eso sí, aderezada con los continuos ataques a (Gran) Canaria por parte del singular editor, un auténtico pirómano del pleito insular que a punto estuvo de ser reconocido con el premio Canarias de Comunicación, a solicitud unánime de CC, PSOE y PP en el Cabildo de Tenerife, en un pleno del pasado mandato que pasará a la historia por la actitud irresponsable y cobarde de los consejeros de la corporación insular.

Su relación con el ATI profundo ha tenido etapas de evidente tensión, como las que suelen producirse en el seno de cualquier núcleo familiar, máxime cuando por medio se encuentran no sólo los amores y desamores. Pero desde ese partido nunca se cuestiona públicamente a don José por más que este trata de dinamitar la unidad del Archipiélago y considere a los canariones “la vergüenza de Canarias”, sin que el presidente de nuestra Comunidad ni su partido reaccionen ante este insulto dirigido a 850.000 canarios y canarias.

Y no solo ellos, como se vio en el programa El Envite al que asistieron los alcaldes de Las Palmas de Gran Canaria, Jerónimo Saavedra, y Santa Cruz de Tenerife, Miguel Zerolo, a los que tuve que llamar la atención por sus comentarios quitando trascendencia a la actitud de El Día, dejándolo en un mero asunto de ejercicio de la libertad de expresión. Las amenazas, insultos y comentarios sexistas y xenófobos son otra cosa. Como el reiterado empeño de pasar por la guillotina al diputado Santiago Pérez.

El no va más de las primeras páginas de El Día, merecedor de algún reconocimiento internacional, lo alcanzó cuando Augusto Pinochet convocó, en el año 1988, un plebiscito sobre su continuidad al frente de los destinos de Chile. Todos los periódicos del mundo recogieron a toda plana la derrota del dictador en el referéndum. Todos, menos uno, El Día, que dio por ganador al general asesino y corrupto. Nunca entendí ese dislate, ese gazapo elevado al cubo.

Nunca, hasta la lectura hace unos años de un editorial del periódico en el que junto a los habituales improperios a quienes difieren de su línea programática, realizaba una crítica del uso de Canarias por el Estado como lugar de exilio para represaliados políticos.

En ese contexto, hacía una referencia a militares golpistas en los previos del golpe de estado del 36 y la posterior guerra civil, donde los adjetivaba de forma bien curiosa: militares inquietos: “No hace tanto tiempo que el Gobierno nacional recluyó al General Franco y a otros inquietos militares en Canarias”, dice el intrépido editorialista.

No voy a entrar si en consonancia con su reciente canarismo debió llamarlos ‘desinquietos’. Pero sí en la cancaburrada de suavizar hasta el extremo el tratamiento a los que posteriormente, con Franco a la cabeza, atentarían contra el orden constitucional y causarían un baño de sangre en España. No sé si a los asesinos en serie, a los violadores, a los terroristas o a los pederastas, con similar nivel de eufemismo, los llamaría individuos fogosos, personas apasionadas, gente vehemente o, en fin, seres efusivos.

Siempre, claro, que no sean canariones. >

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